Claudia tiene una cicatriz que parte en dos su vientre y alrededor de ella hay pequeños puntos que adornan la herida como si fuera el plano de una edificación vista desde el aire. La primera vez que hablamos fue para saber si podría conseguirle ayuda para agilizar su atención médica en el Hospital Civil de Guadalajara, en donde desde hace un año había asistido a citas sin pasar más allá del área de urgencias. Así que con algo de suerte e información después de nuestra plática Claudia asistió al Hospital General de Occidente y en un lapso de cuatro meses la operaron de tres hernias que tenía alojadas en su zona abdominal, las cuales, le producían una inflamación dolorosa en el vientre. Según doctores fueron consecuencias del nulo cuidado de posparto que tuvo en sus últimos tres embarazos, sin embargo, ¿bajo qué circunstancias una madre en situación de calle podría cuidarse y cuidar?
Ese primerísimo encuentro terminaría por detonar en una relación donde ella me contaría su vida y se volvería una amiga a la que el derecho a tener un hogar sería una de sus prioridades después de haber vivido en un parque con dos de sus cinco hijos por algunos años. Por lo que como única forma de salir adelante Claudia decidió regresar al barrio donde creció, donde al menos tres generaciones se han establecido, pero que ha sido para ella su mayor dolor al acercarla a las drogas, sólo que a diferencia del pasado, ella se dedica a la limpieza y mantenimiento de “los nuevos vecinos” que han llegado.
Este barrio es el barrio de Reforma a menos de diez minutos del Mercado San Juan de Dios, entre las calles Aldama y Medrano. Esta parte de la ciudad que se ha estigmatizado por las problemáticas sociales –que poco a nada ha cambiado con los años–. Actualmente enfrenta una nueva desigualdad entre sus habitantes antiguos y los nuevos, que llegan gracias a la venta y renta de departamentos o casas que inmobiliarias construyen en sectores como éstos donde las rentas son bajas, cuentan en algunas ocasiones con valor patrimonial y se encuentran cercanas a zonas de desarrollo económico. “Cuando empezaron a llegar personas nuevas y departamentos nos preocupó que todo iba a subir, la renta y la comida. De que ésto va a mejorar va a mejorar pero no será la misma gente. Son personas que llegan y tienen una mejor calidad de vida, sustento. Personas como yo, mejor nos corren”.
La gentrificación, un término que en los últimos años ha tomado una relevancia importante en distintos planos, es lo que actualmente Claudia observa que sucede aquí, donde claramente no son las mismas circunstancias que en la colonia Americana, Sta Tere u otro barrio en Guadalajara, porque aquí “después de la Calzada donde seguro te asaltan”, los nuevos vecinos detonan un proceso de encarecimiento y elitización al comprar o alojarse en zonas como éstas, que son zonas invisibles donde las cosas según Claudia sólo han empeorado con la venta de droga así como el consumo; la normalización de los embarazos adolescentes y la pobreza urbana, que los han rodeado por al menos más de 30 años.
Según el académico Neil Smith en su artículo, Hacia una teoría de la gentrificación. Un retorno a la ciudad por el capital, no por las personas, de 1979, los espacios urbanos que se encuentran en mal estado de conservación, donde las autoridades no han invertido en su mantenimiento y se han convertido en barrios empobrecidos, son los que ofrecen una mayor perspectiva de beneficio, dejando de lado a las personas que cuentan con rentas inferiores así como a las personas vulnerables que sólo tienen permitido trabajar más no vivir en ellas. Una reestructura donde el Estado actúa,“como facilitador, y el mercado decide la transformación basándose en el lucro”, teniendo como proceso para la transformación: deterioro, destrucción, inversión y elitización; el motor principal para la renovación urbana y su posterior valoración.
En el lapso de un año, Claudia junto a sus hijos Samuel y Ángel, y su pareja Armando, han sido forzados a mudarse en más de tres ocasiones a pocos metros de distancia, entre las mismas casas que ella ha recorrido desde niña donde todo era diferente: un barrio unido según cuenta, “En las navidades, los días de carnaval, cuaresma o cuando pasaban los santos todos adornamos las calles. Hasta la vez que vino el Papa y pasó por aquí”. La renta habitual en esta zona es de espacios dentro de casonas o vecindades que cuentan con un cuarto y a veces un baño personal, si no éste es comunitario. Así como el patio o pasillo que une a las habitaciones donde varias familias subsisten con rentas de alrededor de $1, 500. pesos al mes mientras a pocos metros los nuevos habitantes pagan una renta de más del 100%. Sin embargo, en los últimos meses la renta de espacios tal y como describo pueden abarcar los $4,000. a $6, 000 pesos sin ninguna amenidad o diseño, por lo que la migración a Tlajomulco – a las afueras de la Área Metropolitana de Guadalajara– se ha vuelto algo común por la sobreexistencia de casas y fraccionamientos abandonados donde se destruye por completo el derecho al arraigo al ser vista la vivienda como un producto y no un territorio.
Ella nunca me lo ha dicho claramente, pero el día que Claudia y su familia tuvieron como última opción de vivienda mudarse a Cajititlán, se vio en sus ojos cierta melancolía, pero el sentimiento no sería por ésta casa –donde compartían espacio con una persona que consumía y vendía drogas, pero fue la única que le facilitó una renta después de ser desalojada de su anterior departamento por la compra del inmueble–, sino por el dejar una vez más el barrio sin otra opción, porque como dice, para gente como ella los cambios no se verán reflejados y es mejor irse ahora a cuando ya no hay más remedio.
Cicatrices vivas fue publicado en la Revista Magis en la Edición 501